Filosofía en Danza

La vida en el centro de la existencia de acuerdo al pensamiento de Ortega y Gasset.

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El humanismo de Ortega y Gasset ubica y prioriza a la vida, a la existencia de la persona humana por encima de la razón, de la ciencia y de la cultura. Por lo tanto, los diferentes saberes y actividades que desarrollamos en nuestra sociedad debieran permitirnos una mejor calidad de vida, lo contario sería vivir al servicio de la economía, de la producción o de la utilidad.

Por Francisco J. Palumbo

La preocupación fundamental de los pensadores de la primera mitad del siglo XX ha girado alrededor de la comprensión de la humanidad en sus diferentes dimensiones, sean estas históricas, sociales, psicológicas, políticas, éticas o metafísicas, pero siempre son búsquedas de sentido del hombre en su condición existencial.

La comprensión de la condición humana ha sido constantemente abordada por la filosofía, el desafío en el siglo XX ha sido dar respuesta al problema antropológico atendiendo a sus modos de ser y existir antes que a su naturaleza.  

La búsqueda de Ortega y Gasset renueva una visión del hombre destacando a la vida por encima de la razón y de las demás facultades de la persona humana. La razón, nuestra inteligencia, ya había sido puesta en jaque por otros pensadores, dejó esta de ser nuestra nota constitutiva fundamental, al menos a partir de Freud nos hemos dado cuenta que no somos tan racionales como pensábamos ser, sino que hay en nosotros un cúmulo de potencialidades, valores, impulsos, deseos, (sean estos conscientes o no) que también actúan en nosotros y nos condicionan o determinan. Por otra parte, la razón y la voluntad habían sido entronizadas por el idealismo alemán.  Pero en esta dicotomía, aquello que más nos debe especificar, según Ortega y Gasset, es nuestra vitalidad aliada a la razón, o dicho de otro modo, nuestra racio-vitalidad. Por lo cual, entendemos que la vitalidad no puede ser ciega, sino que siendo imperiosa tiene y necesita del auxilio de la razón para su dirección o sentido. La ciencia, la inteligencia, la cultura, están subordinadas a la vida y no tienen otra realidad que las de ser instrumentos para la vida.

Diferenciándose del intelectualismo tradicional, que entendía que el hombre tiene, indubitablemente la obligación de pensar, pero que también puede vivir sin pensar, Ortega y Gasset afirma que el hombre, para vivir, debe pensar; y si piensa mal, vive mal, en pura angustia, problema y malestar. Ahora bien, esta subordinación del saber a la vida, supone la reducción del ser de las cosas en el obrar humano. Las cosas no tienen un ser en sí; tienen un ser construido por el hombre, que teniendo que tratar con ellas, ha de hacerse un programa de conducta y planear lo que puede y no puede hacer con ellas y lo que puede esperar de las mismas. Este es el verdadero sentido originario del saber: saber que debo hacer con ellas. De ahí nace el carácter subjetivo y personal de todo saber, ningún problema concierne al ser de las cosas, sino a nuestra actitud con respecto a ellas.

En este ser vivo existente, sintiente y actuante, el ser se define con la cosa; no como un ser en si mismo, sino como un ser y sus circunstancias. La dotación de sentido es subjetiva, el hombre interpreta y da significado a la realidad de acuerdo a su percepción, valoración y sentido, y esto es propio de cada uno, de cada subjetividad. La realidad se presenta dividida en tantas perspectivas que son tantas como los individuos.  

Se comprende como circunstancia a todo el mundo exterior e interior, o sea, al mundo que guarda relación con el yo, pero que puedo diferenciar del yo y no se identifica con el mismo.

La razón pura del racionalismo debe de ceder su puesto a la razón vital del raciovitalismo ya que la razón es tan sólo una forma y una función de la vida.

La capacidad de discernir la verdad que surge de la interacción del hombre con las cosas o sus circunstancias no es solamente para dirigir la atención al exterior de nosotros mismos, sino que es fundamentalmente para nuestra propia comprensión, la mirada interior es verdadera en la medida que sea autentica. No es una cuestión puramente gnoseológica, sino que es primeramente ética, en la medida que lleve como intención la aceptación de si mismo. Lo contario es la inautenticidad, que además de no ser legítima implica la negación de si mismo. Fácil es perderse “hundido en la sensación, en la muchedumbre caótica y punzante de las cosas” se altera, se confunde, se pierde a si mismo. La salvación es volver a coincidir consigo mismo, saber cuál es su sincera posición frente a las cosas. Es en esta coincidencia sincera consigo mismo, en la paz interior del individuo con su misma espiritualidad, donde está la autenticidad de la vida, donde podremos encontrar lo que llamamos felicidad. No se trata que todos pensemos lo mismo, ni que actuemos del mismo modo, sino que asumamos nuestra vida, entendiendo las circunstancias en la cual nuestra vida se desarrolla, profundizando nuestro conocimiento para distinguir el actuar que nos corresponde a esas circunstancias de acuerdo a nuestra autentica determinación. Este ser autentico y sincero, se muestra asumiendo responsablemente la vida en su propia circunstancia.

La contraposición dogmática que establece entre la autenticidad y la inautenticidad, en cuanto permite al hombre la posibilidad de coincidencia consigo mismo, le parece una solución definitiva al problema existencial, aunque siempre conflictiva ya que solamente puede ser vivida y realizada como continua posibilidad de solución. De esta manera el problema no se elimina nunca (salvo en una idealización mitológica de un mundo pacificado y feliz, que pone en el pasado aquella perfecta estabilidad y seguridad de vida que el hombre siente que le falta en el presente).

Por último, vale la pena aclarar que, si bien es siempre la persona la que valora, no significa que la persona sea la medida de todas las cosas. Si una persona tiene desprecio por la vida, ya sea propia o ajena, no significa que la vida sea valiosa o no de acuerdo a cada apreciación. La vida es siempre un valor por más que alguno la desprecie. En cada valoración podemos distinguir un aspecto subjetivo y otro objetivo. La subjetividad la ponemos en juego para percibir, descubrir o apreciar un valor, se requiere de la pulsión que emana del sujeto. La objetividad está dada porque los valores están en las cosas, de tal modo que podemos descubrir la belleza de un cuadro o la bondad de una obra, no porque dependan únicamente de nuestra consideración, sino porque existe como cualidades. (no existen en si, sino en la cosa). Para el surgimiento, reconocimiento y/o aparición del valor se requiere la integración entre las cualidades del objeto y la percepción del sujeto.

Frente al peligro de una enfermedad pandémica, lo que preservamos es lo que más valoramos y debemos resguardar, la vida. Pero la vida tomada en su significación universal, no la mía o la tuya la que se encuentra en juego sino la de todos. El primero es el conjunto social, sin exclusión, sin que nadie tenga méritos para merecerla más que otros. Y más allá de la vida humana, la mirada trascendente, es aquella que es capaz de ver que nuestra humanidad es una de las tantas manifestaciones de la vida en el planeta, y que además no empieza y termina con nosotros, sino que tenemos la responsabilidad histórica de asegurar la continuidad.

Parafraseando a Ortega y Gasset, asumirnos y afirmarnos como seres vitales, auténticos en defensa y preservación de la vida, es hoy más que nunca nuestra circunstancia.

Ortega y Gasset (1883-1955)

El filósofo español, nació y murió en Madrid de familia acomodada vinculada al mundo periodístico y la política. Realiza sus estudios en la Universidad Central de Madrid y prosigue su formación en Alemania. En 1910 funda la Escuela de Madrid. Es diputado por la provincia de León con la agrupación al servicio de la República. Durante la guerra civil española firma un tibio pronunciamiento contra el golpe. Se exilia primero en París, luego en los Países Bajos, Buenos Aires y por último en Lisboa. A partir de 1945 comienza su regreso a España.

Ortega y Gasset desarrolla su actividad filosófica pensada, sentida y escrita en castellano, con conciencia de la realidad social, política y cultural de su época. Su obra es de gran influencia en el pensamiento Iberoamericano. La Escuela de Madrid incluye a una serie de filósofos, académicos y publicaciones de gravitación en el ambiente intelectual (El Imparcial, La Revista de Occidente, El Espectador, El Sol, Crisol y Luz, La Nación, etc.). Los miembros más destacados fueron (aparte de Ortega) Manuel García Morente, Xavier Zubiri, José Gaos, Luis Recasens, María Zambrano, Joaquín Xirau y Julián Marías. 

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